En 2008 estallaba una
burbuja financiera de proporciones descomunales que desencadenó la mayor crisis
económica global desde la gran depresión de la década del 30.
Ocho años después
nos estamos cuestionando si las autoridades económicas de los principales centros
financieros aprendieron la lección o nos están facilitando el inflador para que
insuflemos una nueva burbuja.
Las políticas monetarias
expansivas que vienen aplicando la FED y el BCE (Banco Central Europeo)
desde 2008 para reactivar sus respectivas economías, inundaron a estos mercados
de una liquidez sin precedentes que infló los precios de activos riesgosos sin
que se sustentaran en fundamentos económicos sólidos.
Para entender el
efecto distorsivo que produjo este exceso de liquidez en los mercados,
veamos por separado como viene impactando el sostenimiento de tasas de interés
cercanas a 0% desde el lado de la demanda y oferta:
1- Desde la demanda, los
inversores de renta fija, ávidos de tasas más altas de retorno, se volcaron
hacia activos más riesgosos como los bonos de baja calidad crediticia conocidos
como bonos basura (junk bonds). Sin embargo, el mayor spread que
ofrecen no verifica una relación lineal con el riesgo de default que conllevan.
2- Las empresas fueron
incentivadas a responder a esta creciente demanda con cuantiosas colocaciones
de deuda barata. No solamente vienen creciendo las emisiones de deuda
corporativa, sino que también lo viene haciendo la proporción de emisiones de
bonos basura.
Matthew Mish, experto en estrategias de renta fija de UBS, afirma
que esta proporción alcanzó un nuevo record a principios de 2016 del 42% de la
totalidad de las emisiones. El volumen emitido de estos bonos en el primer
trimestre fue de 51 mil millones de dólares, superando ampliamente los 42 mil
millones emitidos en el último trimestre de 2015.
Los precios vienen
reflejando este apetito inversor desde principios de año, motorizados por una
mayor caída de las tasas de interés en la Eurozona (que ya son negativas desde
2014). El siguiente gráfico evidencia el fuerte crecimiento de los precios de
un ETF de bonos de baja calidad crediticia (JNK) desde mediados de febrero.
Sin embargo, esta
retroalimentación positiva entre demanda y oferta y el aumento sostenido de los
precios no explican por si solos el advenimiento de una nueva burbuja. La
oquedad que caracteriza a las burbujas de jabón es la misma que se requiere
para la existencia de una burbuja financiera: los precios deben estar vacíos de
sustentos económicos que los expliquen.
En
este caso, la ausencia de fundamentos se explica porque muchos de estos
fondos obtenidos a través de deuda barata no son canalizados a inversiones
productivas que se traduzcan en un crecimiento de las empresas. Por el
contrario, una alta proporción de estos flujos se destina a recompras de
acciones, fusiones, adquisiciones y refinanciamientos de deudas anteriores,
todo lo cual es sinónimo de un aumento del apalancamiento.
Este modelo se pudo
sostener en los últimos años porque fuimos testigos de un crecimiento sostenido
en los márgenes de ganancias, los cuales alcanzaron un pico histórico el último
año. Sin embargo, la burbuja existe, sigue creciendo y si la coyuntura deja de
acompañar, tarde o temprano se pinchará.
Indicios de problemas
Este
sobreapalancamiento ya empezó a dar señales de alerta como consecuencia de una
desaceleración en el crecimiento de las ganancias corporativas paralelamente al
aumento sostenido de los niveles de deuda.
El
Institute of International Finance (IIF) publicó datos de los niveles de
apalancamiento actuales que son, cuanto menos, alarmantes: el ratio entre
deuda neta y ganancias de compañías americanas se duplicó de 0,7 en el auge de
la burbuja suprime en 2007 a 1,4 en la actualidad.
La
desaceleración en los márgenes se explica en buena medida por la caída en los
niveles de productividad. Los aumentos salariales evidenciaron una caída en la
productividad laboral de los sectores no agrícolas del 1% anual respecto del
primer trimestre del año pasado, según reportó el Departamento de Empleo de
EEUU.
El
27 de abril nos enterábamos de que el gigante Apple reportó su primer caída
trimestral de ventas en los últimos trece años. Esta señal no debería ser
interpretada como un caso aislado, sino que se enmarca en una tendencia general
de reducciones de ventas y ganancias. De hecho, esta noticia actuó como un
preludio al anuncio de la desaceleración económica de EEUU reportada al día
siguiente: el PBI aumentó un 0,5% en el primer trimestre, evidenciando el ritmo
de crecimiento trimestral más bajo de los últimos dos años.
Por
otra parte, las calificaciones crediticios de las compañías se están
desplomando. Solamente en el primer trimestre, Moody´s rebajó a la categoría de
“basura” a 51 compañías, un número mayor que el acumulado en todo 2015. Otra
evidencia se manifestó la semana pasada cuando, por primera vez en la historia,
Standard & Poor´s (S&P) rebajó la nota AAA de Exxon, achicando
aún más éste selecto club al que ahora sólo pertenecen Microsoft y Johnson
& Johnson.
En
la misma línea, hay fuertes indicios de debilitamiento en la solvencia del
sector corporativo con baja calidad crediticia. El ratio de distress elaborado
por el S&P (que indica la proporción de empresas con baja calificación que atraviesan
serias dificultades financieras para honrar sus compromisos de deuda) se
encuentra en niveles históricamente altos. A su vez, en el primer
trimestre verificó el default de 21 compañías por 31 mil millones dólares,
posicionándose como el quinto trimestre con mayores niveles de default de la
historia.
Por
su parte, Fitch elevó las proyecciones de la tasa de default de compañías
americanas para el 2016 de un 4,5% al 6%. Este nuevo pronóstico indicaría la
tasa de default más alta de un período no recesivo desde el 5,1% verificado en
2000. Sumado a esto, las tasas de recupero en bonos defaultados vienen cayendo
como consecuencia directa del mayor apalancamiento de estas compañías. Según el
IIF, estas tasas cayeron del 44% hace dos años al 29%.
Si bien una gran parte de
este aumento en los "junk default" corresponde al sector energético,
el crecimiento del riesgo de solvencia de empresas con baja calificación
atraviesa a todas las industrias, manifestándose en el creciente apalancamiento
no destinado a fines productivos que presentan sus balances. La reciente
recomposición de los precios del petróleo solamente permitió que aún no se
pinche la burbuja pero no la hizo desaparecer.
La pregunta del millón
entonces es cuándo va a estallar esta burbuja de bonos basura. Para
responderla, tendremos que estar atentos a nuevas señales macroeconómicas. En
la medida en la que se mantengan estables los márgenes de ganancias, la
economía no siga desacelerándose y la FED postergue la suba de las tasas, la
rueda podrá seguir girando.
Para finalizar, podemos
afirmar que el actual modelo de negocios de estas empresas no es sostenible:
tarde o temprano una suba de tasas va a implicar un costo para tomar fondos que
muchas empresas no van a poder afrontar, y si en simultáneo sus flujos
operativos no aumentan o incluso se reducen, no tendrán el efectivo suficiente
para cancelar las deudas que siguen contrayendo y el resultado será el menos
deseado.
Fuente: www.cartafinanciera.com



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